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El Bordo Marea a la Renga si Salta la Banca

Lunes, octubre 29, 2012 | Coberturas, Nota Destacada | Por Nonfreaks
El Bordo Marea a la Renga si Salta la Banca

Kutxi deliró a todos sus fanáticos el pasado sábado. (FOTO: GENTILEZA NO SEAS OMI).

Marea, irrumpió el sábado en el Malvinas Argentinas plantando un show completísimo, que diera la posibilidad a El Bordo, Salta La Banca, La Renga y respectivos fanáticos de empaparse en aguas argentinas; mixadas en una antesala potente de estrictas remeras negras, pogos identificatorios, cánticos a viva vos, y sauna de sudor, Fernet y birra.

Cobertura por: Javier Esteves.

El circuito aledaño al estadio anexo del Club Atlético Argentinos Juniors se presentaba calmo y con olor a tira de asado y chorizo. Los encargados de seguridad bostezaban, los perros se movían en jauría, y a lo lejos, como eco de avalancha, se escuchaban murmullos cantados que tanto podían venir del Duodécimo Congreso Internacional del Mormón, como de los pulmones de un público argentino.

Un cacheo amigable y guionado daba la pauta del clima reinante (y propuesto): Marea, formada en 1997, se alinea entre las formaciones rockeras que aprecian al país no sólo por sus mujeres y after office, sino por la máxima tácita de que “A la buena onda, Cero violencia”. Dentro del microestadio aún tímido en convocatoria, Salta La Banca (banda novel que supiera llenar tres Vórterix al hilo este mes) deleitó rápidamente a sus fanáticos con temas como Seremos e Ilusa ilusión; ofrenda merecida para aquellas cabecitas pegadas al escenario, que encarnaban el clásico “yo te sigo a todas partes, a dónde vas”.

El Bordo tomó las riendas pasadas las 20hs, con Ale Kurz (guitarra y voz) entonando los compaces del tema Eye of the Tiger, mientras que la gente se lubricaba despacito. La canción que recordara las peleas de Rocky Balboa significaba algo más que un salir irreverente de entre bambalinas: la heterogeneidad del público, la disposición (íntima) del Malvinas, y el lanzamiento de un DVD que recopilaría la presentación de Marea en Buenos Aires –pactado para fin de año (navidad, navidad)-; eran estímulo suficiente para que una y otra banda telonera prescindieran de toda cháchara entre tema y tema, y así disponer su música e histrionismo mainstream a las órdenes de un show que pescara fanáticos nuevos.

De esta manera, Silbando una ilusión, El Regreso y Tesoro, entre otras, se vivieron (al igual que el playlist propuesto por Salta) con la misma intensidad con que un pibe debuta en primera.

Entonces, apareció Romero vestido con un look de entrecasa. Agarró un micrófono, se acercó mínimamente al centro del escenario, y explicó: “llegó la hora de nueshtro show, pero reshulta qye ha llegao una banda nueva, y deshean eshtrenarse con nosotrosh (la gente puteaba por lo bajo). Esh por esho que pedimos un fuertíshimo aplausho para…¡La Renga!”. De la nada, el público se multiplicó. ¡¿Dónde estaban todos esos tipos que ahora se suben minas a los hombros, o se arrancan los harapos como viendo a Cristo en la cruz?!

Y sonó Panic Show. Gustavo “Chizzo” Napoli (guitarra, voz y letra), Gabriel “Tete” Iglesias (Bajo y piruetas) y Jorge “Tanque” Iglesias (batería) pisaron lo que quedaba de un sábado tibio y agónico. El público formaba una sola cara y sonrisa: se vivía la felicidad de haberse topado como con un feriado inusitado.

El paso de los oriundos de Mataderos fue breve, casi directamente proporcional entre agradecimientos, anécdotas y canción. Por ello, a los temas Poder y La Balada del Diablo y la Muerte se sucedieron vertiginosas y compartidas por fanáticos prestos a hermanarse, ahora que sólo los shorts y las polleras llegaban a cubrirlos.

Apagón general. Se oían chiflidos. Se prendieron dos pantallas: en ellas aparecío un feto levitando. Un corazón (secundado por la gráfica de un electrocardiograma) se intercalaba a la imagen. El grueso del público se miraba confundido; no tocaba Marilyn Manson. Sin embargo, Alén Ayerdi (batería) se sentaba en medio de su kit mientras un foco lo iluminaba solitario saludando al público; Eduardo “Piñas” Beaumont (bajo y voz) aparecía corriendo, seguido de César Ramallo (guitarra y calvicie). David “Kolibrí” Díaz (guitarra y solos) entraba tranquilo, escoltado por Romero (que ya venía tomando y fumando). Marea se alzaba para tocar Bienvenido al secadero, corte difusión de su último álbum “En mi hambre mando yo” (2011).

Cabe destacar que Romero se desplaza con sofisticación de dandy y madama, potenciando su colosal anatomía en un halo que le da misterio y simpatía. Cual jugador avezado por el tiempo, no gasta energías en construir un sex appeal, o siquiera en levantar trapos y banderas que el público le arroja: con sus dedos y pantomimas espontáneas, dirige, orquestal, la mirada de cada presente, ya sea hacia un solo de el Kolibrí, un salto en largo de el Piñas, un mimo a Ramallo (cuando el público está por olvidarlo), o un rulo de Ayerdi (tan preocupado por la métrica rítmica como por su peinado rubio platinado).

El corte Canaleros sirvió de introducción a Petenera (en carne viva), extracto del cd “La acera está llena de piojos” (2007); tema homenaje a la esposa de Ayerdi, fallecida el mismo año, producto de un accidente de tráfico. Paradójicamente, se necesitaron dos intentos para terminar la canción entera: en el primero, sobre el clímax de todo hit, un súbito “Pip” anuló toda llegada de audio, con los Marea desnudos y desamparados frente a todos los puños que gritaban el estribillo (“eeeeen contra de los vientooooooos”) en una capela forzada. El grupo se refugió, entonces, tras bambalinas mal dispuestas que no llegaban a ocultar las caras de parto que invadían el show. Un operativo relámpago por parte del staff principal permitió la rápida recuperación del sonido, culminando con el replay de la canción, y las lágrimas de Ayerdi (agradecido).

Romero aprovechaba cada gap de descanso para recitar un poema; declararse exégeta de Federico García Lorca; recordarnos la importancia de leer y la preeminencia de los mundos íntimos. “Si todas las noches me dejaran cantar sólo una canción, sería esta”, confesaba, mientras sonaban los acordes de Mierda y Cuchara (cuyo videoclip fue rodado en la Argentina); entonces, “Cuéntame, dime, ¿Quién te ha colgado el mar de las pestañas? / (…) Un reguero de luna será nuestra casa, de esta luna tan puta de pechos de plata / Será el arrullar de la libertad, que tiene cogida pa’ ti y para mi en la goma de sus bragas”.

“Vamos Kolibrí –arengó Romero-, toca esa canción que te mueres por cantar”; y ahí nomás sonó Barniz, tema insignia de “Revolcón” (2000). “Me apego a ti como el barniz, y se te pudre la madera en mil quinientas primaveras sin dormir”, se lamentaba Romero, que al realizar el saludo final nos dejaba con un “si no os vuelvo a ver, será hasta siempre”.

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