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Comunidad que resiste

Martes, agosto 28, 2012 | Coberturas, Nota Destacada | Por Nonfreaks
RESISTANCE

(FOTOS: ISMAEL GARRO DAIAN).

El Resistance Tour celebró sus cinco años con una grilla hedónica para amantes de la patineta y los expansores: Carajo, Jauría, Cirse, DENY, fueron el eje musical de una juntada muy esperada, donde bandas consagradas y otras emergentes compartieron casa y seguidores.

Cobertura: Javier Esteves.

Desde la fila previa al patovica, llegan susurros mascados de DZS copando el escenario: la banda oriunda de Ramos Mejía despliega una propuesta que combina la dureza de Alma Fuerte con las pinceladas progre de un radar ballenero. Ingresar a Groove (a las 17), es la conjugación de una unidad intuitiva: el Resistance Tour no puede verse como un recital, de la misma forma que DZS (como la mayoría de sus coetáneos) no podría agrupar tanto público un sábado a la tarde. Si el lema del festival arengaba “Prejuicios fuera, autogestión a flote”, la experiencia musical prometida debía entenderse como el afán de generar un cuerpo.

Llegó su turno y Roma, liderada por Sergio Munich –ex Infierno 18-, le reclamó las luces a DZS. La afluencia de gente incrementó proporcionalmente a la tendencia de las bandas por no aclarar cómo se llaman. Artistas y audiencia se van perfilando como un espejo. A la teatralidad de simular arrojarse (con espasmos de cabeza y torso), los presentes respondieron –y adoraron- desde la concreción del estímulo (pogo, gente nadando gente, cuernitos que se catapultan). Roma sonó su histeria en cuatro cuartos, mientras se apreciaba un largometraje en tatuajes, pinchados sobre brazos que validaban lo que Munich gritaba vistiendo calzas. “Este tema se lo dedicamos a los que tienen, al menos, un prejuicio”, aclaró Munich; y poco importó la canción, ya que un grupo de quejosos (íntimos fanáticos de Cirse –confiesan-) se acercaron sorprendidos al toparse con un gemelo.

Inmediatamente, un grupo de técnicos abordaron a Roma y, en segundos, prepararon el escenario para el siguiente relevo. Era el turno de Melian; y sin saberlo, esta agrupación formada en 2008 inauguró la primera metamorfosis de la noche. Dotados para expresarse desde el risco de una montaña, se escucharon cánticos guturales que, llegado el momento de agradecer las palmas, se develaba intermitente como púber cambiando voz y pelos. A pesar de ello,
el estilo embrional de esta formación reciente, se vio reconocido entre el público que coreó, orgulloso y original, cual padre emocionado en cancha de papi-fútbol. Las luces pestañeaban anunciando el cierre, y el cantante Ale Picardi (como todos) improvisó una agenda.

Así el baterista de Melian dio su ok y le prestó sus platos a su par de Cirse. La luna asomó con los nombres de cartel. Cirse introdujo lo femenino a la marea. Sonó la melodía de Muy tarde. La gente se arrojba en planta baja y flameaba desde los pasamanos. Luli Segovia (voz) revoleaba un peinado color arco iris y la metamorfosis prosiguió. La misma gente entendía las mismas canciones al revolearse o al menear la cabeza acompañando el bombo. Luli anunció que estaban audicionando bateristas y más de uno tomó nota. La gente emanaba júbilo. El Resistance latía y Cirse saludó satisfecha de hits.

De pronto unos jóvenes playeros musculosos movían amplificadores y guitarras. Sin saberlo, DENY estaba en el escenario. El punto álgido de esta comunidad reunida en celebración, inspiraba el repertorio de DENY. Estandartes de la música atlética, la banda originaria del norte bonaerense no se privó de emular el haka neocelandés, mientras voceaba una lírica encriptada que la gente acogió revelando una clave: lo que para extraños significaría una traducción fonética tan compleja como diferenciar a dos chinos, resultó en guiño sanguíneo para aquellos acólitos de la banda que pasaran días incorporando esta música de látex y azotes vigilados por la ductilidad de los acordes. Bastando 40 minutos para repasar un EP y dos discos, DENY tendría tiempo para premiar “a los seguidores más zarpados”, arrojándoles gorras y remeras por su correcto comportamiento de circo romano.

Tras el desfile de DENY, las luces se apagaron más tiempo del esperado, provocando fervor por Plan 4. Entonces, se presentó una rama del trípode consagrado: Plan 4 arremete con Que las cabezas rueden bajo el brazo, catalizando la química generada por DENY. El pogo fue la respuesta de especie a Mi falta de fe, provocando miradas sugerentes a las bolas disco pendiendo frágilmente del techo. El Resistance encuentró una cresta reconciliadora justo en el centro melódico del conjunto encabezado por Javier Compiano; generando la angustia mayoritaria cuando el recuento final de tiempo “tocado” por la banda, supiera a 40 minutos de lapsus excitante.

La jornada avanzaba y los chicos de Jauría se abalanzaron sobre el escenario, prescindiendo de toda oscuridad solidaria. Apareció Ciro Pertussi, dispuesto a aniquilar todo resquicio de aliento dedicado a Attaque 77. Apelando a la fuerza animal de su disco homónimo, Jauría cosechó vitoreo y sano olvido entre cuerpos que ya eran plastilina amansada. La tónica melódica reinante se mantuvo, volviéndose más permeable al paladar producto de composiciones que supieran adaptarse al mainstream. Se repasó casi todo el álbum de estudio, en una masa de ojos y piercings donde lo que se arrojara, se asaría.

Y llegó Carajo con una sobriedad instantáneamente desmantelada por gargantas que gravitaban, sincronizadas, en un mismo amor. Finalizaba la metamorfosis. Maduraba un cocktail sideral que tanto podría haber eclosionado en Carajo o en las Chicas Superpoderosas. En las barras ya nadie trabajaba. No había diferencia entre planta baja o escaleras. Todos los temas de “Tery” Langer + “Corbata” Corbalán + “Andy” Vilanova sonaban igual en pupilas unisex. Eran lágrimas de himno; dientes tensos de resistencia. Mientras los fanáticos arrastraban su salida, llevándose consigo todo atisbo lumínico de Groove, resonaban fantasmagóricos de fondo, los acordes de Sacate la mierda.

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